La Llegada (I)

El mar, el gran territorio de Poseidón, dios de los mares y océanos, permanecía en calma tras haber sido agitado por la furia marina. Cólera que ocasionó la aparición de olas gigantescas, remolinos cuya atracción era lo suficientemente fuerte como para arrojar al fondo del océano un robusto navío. El dios del mar y hermano de Zeus inició la revuelta con solo levantar sus manos. Estaba furioso y una sed de ira le había nublado el juicio. 

Pobres de aquellos que se hubiesen topado con semejante espectáculo, pues sólo la muerte aguarda cuando el agua se convierte en el enemigo invencible. Nadie escapa a su furia. Nadie sobrevive. Una vez calmado el dios, del mismo modo que había alterado los mares, con un simple gesto de sus manos, el mar comenzó a tranquilizarse: las corrientes volvieron a su curso natural, mientras el rastro de la destrucción desaparecía. Ahora nadie sabría que hubo una batalla feroz entre el vasto ponto y quien quiera que hubiese molestado al dios. 

No muy lejos de allí, las pequeñas olas que se formaban golpeaban la tierra y se deshacían justo en el instante que rozaban la arena. Así procedían una y otra vez. El agua chocaba con la tierra y llevaba a sus dominios todo lo que arrastraba. Pero no siempre era así. En contadas ocasiones, el mar transportaba objetos o incluso personas que habían tenido la gran suerte de no hundirse y de sobrevivir a la ira de Poseidón. 

Un rastro de huellas en la arena era borrado por la acción constante del agua, al mismo tiempo que un hombre andaba a duras penas y malherido. Sentía el frío en sus pies al caminar y un dolor persistente en su cadera derecha. Pequeñas gotas rojas caían al suelo y se esparcían al contactar con las aguas saladas. La sangre brotaba de una fea herida en el costado. El individuo caminaba desorientado, al lado del mar, sin un rumbo fijo. Seguía la costa con la esperanza de encontrar algo o a alguien. Sus manos apretaban la herida para tratar de detener la pérdida de fuerza y energía. Pero era en vano. 

Su respiración se hacía cada vez más pesada. Su pecho aguantaba las dolorosas punzadas que le asaltaban. Sus piernas flaqueaban y cada vez se encontraba más cansado. Más exhausto. Sabía lo que le esperaba. Aguardaba la muerte. Incluso le pareció ver cómo su alma comenzaba a separarse de él. Un sentimiento de miedo nació desde lo más profundo de su espíritu. El miedo a la muerte, la desesperación. Pero sabía lo que le esperaba. Su alma se quedaría durante toda la eternidad en las puertas del Averno, pues Caronte no lo aceptaría en su barca. Nunca encontraría el descanso eterno, sino una tristeza y angustia eterna. 

Casi sin darse cuenta, el hombre cayó al suelo de rodillas. Sus párpados no podían evitar cerrarse. Su momento había llegado. Dirigió una última mirada a la inmensidad del mar, antes de desplomarse contra el suelo. La parte izquierda de su cara quedó enterrada en la arena, mientras la otra era acariciada por las olas del mar. La última imagen era precisamente la del propio ponto, incluso le pareció ver una figura emerger del mar, pero quizá fuera un delirio. Sus ojos se cerraron y poco a poco, la oscuridad. Por último, el sonido relajante de las olas que batían la arena, una y otra vez. Hasta quedar en nada. 

El hombre despojado de su alma acababa de entrar en los dominios de Harpócrates, dios del silencio. Una corriente de viento lo movía por un mundo oscuro, dominado por la nada. Silencio asfixiante.
Hacía frío, mucho frío. Tampoco había luz. Todo rastro de vida se había perdido en aquel páramo oscuro y desolador. La oscuridad lo envolvía con su frío abrazo. ¿Estaba vivo... o muerto? Poco importaba. Ni siquiera podía mover ni un mísero músculo de su cuerpo. Las manos, pegadas al pecho; las piernas, estiradas e inmóviles. Y mientras tanto, descendía. Descendía al pozo del dolor y de la amargura. Sin poder hacer nada. 

Notaba la desesperación. El silencio le hacía daño. El corazón se agitaba y el pecho convulsionaba sin control. Los pies querían moverse, los dedos desprenderse de aquellas invisibles ataduras. Todo fue en vano. La respiración cada vez era más débil. El calor se arrinconaba alrededor de su cara, desesperado, ansiando aire. El cuerpo empezó a entumecerse, las piernas dejaron de responder, dejó de sentir su vientre, el corazón latía muy débilmente. Y no podía hacer nada, salvo descender dejándose llevar, mientras notaba cómo el cuerpo se apagaba. El frío recorrió todo el cuerpo y asaltó el último resquicio de su ser. Como dos manos que oprimían su cuello, llegó la asfixia. La resistencia era inútil. El hombre ya no podía hacer nada. 

De pronto... el corazón dejó de latir y el cuerpo murió. Pero el dolor aún persistía. 

"Tu destino ha sido sellado" escuchó antes de desfallecer por completo. 

Entonces, despertó. Dentro de la selva, en un claro, el hombre se sorprendió al ver su cuerpo encima de una pira con evidentes signos de quemaduras. Estaba envuelto por una toga extraña. Pero lo que quizá le asustó más fue ver cuatro cuerpos en el suelo. Cada uno llevaba togas negras con adornos rojos y sus rostros envueltos en una máscara de terror. Los ojos permanecían en blanco y sus bocas abiertas llenas de sangre. ¿Qué había pasado?

Comentarios

  1. Jo, me has mezclado mitología con muerte y misterio. ¿Cómo no iba a gustarme?
    Chapó. Nada más que añadir.

    Encantada de leerte, como siempre.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias!!!!
      La historia sigue y hay mucho más misterio!
      Hay mucho que interpretar y hasta aquí puedo leer...

      Eliminar
  2. El buencha de Poseidón siempre la lía parda.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Siempre, siempre, pero que no se entere que le hemos dicho esto, jejeje.
      Ya verás la segunda parte O_o

      Eliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sly Cooper

Calíope (II)