Chris Nelzar

El mundo nos puede llegar a cambiar, lo reconozco. Es ley de vida... o eso creo. Hace relativamente poco era un crío que, junto a unos maravillosos padres con los que disfrutaba de tardes de primavera o invierno leyendo, mirando la televisión, etc., vivía despreocupado de un mundo que a día de hoy me incita a conocerlo.

Atrás queda el pasado. Ahora soy otra persona. Soy diferente. Mis padres, por culpa de sus compromisos laborales, dejaron de prestarme toda su atención. Empecé a encontrarme sólo. Aún con los pocos amigos que tenía, un pequeño vacío se apoderaba de mi interior. Muy en el fondo de mi corazón sabía que no siempre durarían las largas tardes de invierno bajo el cálido abrazo de mi madre o las mañanas en la playa con mi padre. Así que no tenía elección. La hora del cambio había llegado. Tenía que ser fuerte en la extrema soledad, tenía que aprender a ser yo mismo sin una figura paterna o materna. Tenía que aprender a vivir.

Todavía me pregunto si el mundo nos cambia para bien o para mal. Y no conozco la respuesta. Un día eres un niño y al día siguiente eres todo un adulto, delante de una gran eminencia de Filología clásica ofreciéndote un diploma y con la mejor de las sonrisas elogiándote: "Eres el orgullo de este nuestro centro. Mi enhorabuena por su matrícula de honor. Le auguro un buen futuro"
Sí, todo eso está muy bien. Pero esa eminencia no sabe que hice trampas para conseguirlo. No es que sea partidario de hacer trampas, pero tenía que hacerlo. El culpable era Shaun. Su actitud incompetente desde que empecé la carrera fue el motivo por el que decidí luchar para vencer. Quería darle una lección.
 Todo un reto, que ha terminado medianamente bien. Podría haber acabado perfectamente, pero Shaun sabe que hice trampas. He de reconocer que es perspicaz y no tiene un pelo de tonto. Ahora me odia y quiere vengarse. Que lo intente.

Podría haberme callado y haber aguantado. Pero no podía. Era demasiado emocionante como para no hacerlo. La dificultad es lo que me permitió realizar esa prueba. Quizá sea la sangre de mi familia, que no puede resistirse a superar una dificultad. De lo contrario, no entiendo a mi padre y a mis tíos trabajando en alta seguridad o cosas por el estilo. O que decir de mi abuelo... Todo un Indiana Jones. La clave estaba ahí. La dificultad. EL subidón de hacer algo increíble, algo impensable. Luchar contra "El gamer" era otro reto. Vencerlo en la competición de paintball, también. Correr por el monte; bucear; correr riesgos... Esa era y sigue siendo mi nueva rutina.
 Cada vez que me siento sólo, siento la necesidad de hacer cualquier cosa que implique un riesgo o que implique un reto para olvidarme. Y así he sobrevivido durante mucho tiempo. Sin embargo, pese a todo esto que he relatado, dejé de ser feliz. Nunca entedí el motivo. No me ha sucedido nada para que me pusiese tan triste. Y de alguna forma dejé de sentirme vivo, actuando como una marioneta.

Pero llegó un día donde todo cambio.

A raíz de un accidente por el monte, donde perdí el conocimiento, tuve un sueño o eso me pareció. Un sueño en el que estaba completamente sólo y malherido. Era de noche. Traté de gritar, pero mi voz se perdía en la espesura del bosque. Ni siquiera el guardían (así llamaba a Jones) vino a ayudarme. Entonces sucedió algo extraordinario: Ante mi, apareció un pokémon revestido de una estela azul. Sus ojos azules cristalinos se clavaron en mi y empezó a acercarse. Traté de moverme sin demasiado éxito. El daño me impedía hacer mucho movimiento. Y por eso, estaba a merced de aquel pokémon con mirada y estela azul. No sabía qué era y empecé a sentir miedo. Sólo quería gritar. Y de pronto, llegó la calma. Un halo azul empezó a rodearme y el dolor que sentía estaba desapareciendo. ¿Me estaba curando?

Cuando terminó, mis piernas dejaron de sangrar y el pokémon con aspecto de un gran canino se quedó mirándome. No sé lo que me movió. Pero antes de que me diera cuenta, mi mano se acercaba lentamente hacia lo que parecía su hocico y cuando por fín supe lo que estaba haciendo, mi mano reposaba sobre la cabeza de aquel can. Me percaté de que sus ojos estaba cerrados, como si estuviese aceptando aquello. "Gracias" le susurré. Abrió de súbito sus ojos. Y de pronto, toda una huested de pokémons de todo tipo aparecieron en aquel claro. La mayoría empezó a cantar y a juguetear alrededor mío; los voladores volaban en círculos, dejando caer plumas; los más curiosos se me acercaron  para olisquearme o jugar con mis manos. Aquello me maravilló.

Y el pokémon mirándome por última vez se marchó sin dejar rastro.

Y cuando quise darme cuenta, desperté gritando "ESPERA" mientras me levantaba sobresaltado del duro suelo. Respiraba entrecortadamente. ¿Qué había pasado? Entonces, recordé el accidente y rápidamente me autorevisé el cuerpo. Sorprendentemente, no había ninguna herida. La ropa estaba desgarrada, pero no había ni rastro de ninguna herida. Aquello era extraño. Si no estaba herido, de quién era la sangre del suelo? "El pokémon" pensé. ¿Había sido un sueño o había pasado en verdad?

Empecé a reír, a reír como nunca antes lo había hecho. Empecé a sentirme de nuevo vivo. Y esta vez, con algo fijo en mi mente: El maravilloso mundo que me rodeaba, lleno de esperanza y de ciraturas por descubrir. Un mundo siempre lleno de motivos por los que vivir. Los pokémons eran mi nuevo reto. Y todo ello, relacionado en un ente que sigo creyendo que vi de verdad. Aquel pokémon canino revestido de un halo azul. Ante mi se abría otra esperanzadora aventura: Me iba a convertir en entrenador Pokémon.

Comentarios

  1. Todavía añoro no haber llegado a la liga. Vuela alto, pequeñín.
    No sabía que esto existía. Mis felicitaciones.

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